Quien me conoce y me sigue sabe que soy una lectora voraz de libros de divulgación histórica y novela que tratan de temas sobre el Mediterráneo antiguo. Es parte de mi oficio como divulgadora científica estar al día de lo que se publica para poder dar respuestas a algunos de mis seguidores: muchos me preguntáis mi opinión sobre lecturas recomendadas, listados bibliográficos para preparar oposiciones o simplemente tenéis curiosidad sobre este o aquel libro.
Esta entrada en el blog llevo meses madurándola. Y al final la he tenido que vomitar porque cada vez son más los libros que leo y que me decepcionan.
Y es que no deja de doler ver cómo algunas editoriales han decidido que pueden publicar libros sin corregir, como si el lector fuese incapaz de notar la diferencia. Abres un libro y te encuentras erratas por todas partes, frases mal hiladas, páginas que parecen escritas a toda prisa o que tienen un nivel de redacción de secundaria. Y lo peor es esa sensación amarga de que nadie se ha molestado en revisar nada. Que han dado por bueno un manuscrito sin el más mínimo respeto.
Y el lector calla... o, lo que es peor, aplaude un libro por su calidad cuando esta es prácticamente inexistente.
Duele mucho. Duele pagar lo que pagamos hoy por un libro (que no es precisamente poco) y descubrir que la editorial (y suelen ser bastante importantes, grandes y que -supuestamente- mueven mucho dinero) ha escatimado justo en lo más básico: la corrección.
¿De verdad piensan que no nos importa? ¿Que leeremos igual aunque el texto esté lleno de fallos? Es frustrante sentir que quienes deberían cuidar la calidad del libro prefieren ahorrarse un corrector antes que ofrecer un producto digno.
Es una falta de respeto, así de simple. Un desprecio silencioso pero evidente hacia el lector, que confía, que compra, que espera mínimos que antes eran incuestionables. No hablamos de pequeños despistes inevitables: hablamos de libros que nadie se ha molestado en repasar. Y ese descuido, convertido ya en costumbre en algunas editoriales, indigna y entristece a partes iguales.
Luego nos quejamos de que la gente no sabe escribir, que sus textos son de baja calidad, pero es que leyendo es como se aprende a redactar, mejorar el estilo, incluso la ortografía... y los maestros son los libros; así serán los discípulos...
Un libro debería ser un objeto cuidado, trabajado, mimado. Y ver cómo se devalúa por pura dejadez editorial o porque prima el objetivo económico sobre el cultural duele profundamente.
Yo estoy cansada de tener que aceptarlo como si fuese normal.
No lo es.
No debería serlo jamás.
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