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Vista del Jardín de la Villa Médicis de Velázquez en Apocalipsis Z de Manel Loureiro

Por fin he terminado mis exámenes y con ello retomo las buenas costumbres como leer mucho y de variados temas.

Hoy, leyendo un libro que no tiene nada que ver con la Historia, ni la Arqueología, ni el Arte, no he podido evitar emocionarme, aquí copio y pego.  Y es que las personas, en su maraña del día a día, olvidan lo frágil que es la vida, pero también lo frágil que es la historia y el arte.  Y es que la vida se termina pero nuestra herencia y nuestro legado estamos obligados a respetarlo, guardarlo y amaro, para que perdure.  Pocas veces se recuerda esto al  público general desde su lugar profano,  normalmente es desde la especializada silla de un científico dedicado a ello, así que cuando alguien ajeno a nuestra ciencia hace algo así emociona leerlo.


"Viktor estaba fuera del vehículo, con la otra mochila a sus pies, y permanecía embobado mirando a su alrededor. Apocos metros de nosotros, las taquillas dormían, abandonadas y solitarias, mientras sobre las pilas de folletos y guías se acumulaba una gruesa capa de polvo. 

-Es una pena lo de este sitio -comentó pensativamente el ucraniano-. El día menos pensado habrá un incendio, la mitad de la ciudad arderá hasta los cimientos sin que nadie haga frente al fuego, y entonces, todo lo que hay aquí dentro se convertirá en cenizas. Es una jodida pena, ¿no crees? 

Me quedé en silencio por unos instantes. De pronto, siguiendo un súbito impulso, comencé a caminar hacia el interior del edificio a pasos apresurados. Viktor, confundido, me siguió a corta distancia. 

-¿A dónde vas? -me preguntó, con los ojos muy abiertos-. ¡Los accesos a la terraza están por allí!

-Será sólo un minuto -le respondí, sin dar más detalles-. ¿Puedes dejarme tu cuchillo, por favor?

-¿Mi cuchillo? Sí, claro -dijo el ucraniano, sorprendido, mientras me lo pasaba-. Pero

¿para qué…?

-Sólo un instante, Prit, te lo prometo -dije mientras cogía el puñal que Viktor me alcanzaba.

Mi cabeza pensaba a toda velocidad. Era imposible salvar todos aquellos cuadros, pero al menos podríamos llevarnos uno o dos. La pregunta que me hacía era cuáles, de entre toda la enorme colección del museo.

Nos habíamos metido en las salas del siglo XVII. Colgadas desde una pared, las Meninas nos contemplaban tristemente, como adivinando que en muy poco tiempo serían pasto de las llamas. Desalentado, comprendí que cualquier cuadro de aquella planta era demasiado grande para que me lo pudiese llevar, incluso aunque lo desmontase del marco. De golpe, me fijé que en un rincón había un óleo de muy pequeño tamaño. Me acerqué a la carrera y lo contemplé.

Era un paisaje muy pequeño, un jardín lleno de cipreses, con un elegante arco de mármol blanco al fondo. El arco estaba cubierto con unas tablas mal colocadas y desde un nicho a la derecha, un dios griego contemplaba pensativamente al espectador, mientras unos personajes en primer plano conversaban de manera apacible. Aquel cuadro transmitía una inmediata sensación de paz y tranquilidad absoluta. El autor había conseguido, con el talento de un verdadero genio, atrapar un instante de calma y sosiego en una calurosa tarde de verano.

Rodeado de los majestuosos y enormes retratos de reyes y reinas muertos muchos siglos atrás, aquel pequeño óleo brillaba sin embargo con luz propia. Tenía mucha más fuerza y vida propia que cualquiera de los óleos que lo acompañaban en la sala. La placa situada debajo ponía VISTA DEL JARDÍN DE LA VILLA MÉDICIS y un poco más abajo, el nombre del autor, VELÁZQUEZ.

Sería aquél, pues. Descolgué el cuadro de la pared y lo apoyé boca abajo sobre un banco. En tiempos normales aquello habría disparado instantáneamente una alarma y antes de que hubiese podido ni siquiera respirar habría tenido a media docena de guardias armados a mi alrededor. Sin embargo, ni un solo ruido se oyó cuando comencé a soltar una a una, con la punta del cuchillo de Viktor, las grapas que unían el lienzo al bastidor. Cuando lo tuve suelto, lo enrollé cuidadosamente, hasta formar un tubo de poco más de cuarenta centímetros de alto y un dedo de grosor y lo metí en la funda vacía de los virotes, que llevaba adosada al muslo.

-Muchas gracias -le dije a Viktor mientras le devolvía su cuchillo.

-¿Por qué has hecho eso? -me preguntó el ucraniano, perplejo.


-Porque tenía que hacerlo. Esos medicamentos que llevamos en las mochilas son importantes, sin duda, pero esto -contesté impotente mientras señalaba los lienzos que colgaban a nuestro alrededor-, esto es igual de importante, Viktor. Es nuestra herencia, nuestro legado, la suma de todo lo que somos. Cuando todo esto se pierda una parte de nosotros se perderá para siempre. Cuando esto desaparezca, y eso sucederá dentro de muy pocos meses, o años, la civilización será un poco menos brillante. No podemos llevárnoslos todos, Viktor, pero al menos tratemos de salvar uno. Aunque sólo 
sea uno.

-De acuerdo -suspiró el ucraniano, arrastrándome de un brazo hacia las escaleras-. Pero vámonos de una vez, si no quieres que corramos la misma suerte que estas pinturas. 

Mi mirada se paseó por última vez sobre aquellos lienzos famosos. Desde su caballo, Carlos V se despidió con una expresión burlona en el rostro, como si supiera que nosotros seríamos los últimos visitantes que recorrerían aquella sala.

"




Del libro "Apocalipsis Z.  Los días oscuros".  Manel Loureiro. 

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