1 mar 2026

No excavo, pero soy arqueóloga







Hola, soy María Engracia. Soy arqueóloga. Y sí, hace mucho, muchísimo tiempo que no excavo.

No os podéis ni imaginar la cantidad de veces que he tenido que escuchar aquello de: “Ah, pero si no excavas… entonces no eres arqueóloga", y ojo, estos comentarios me los han dicho colegas de profesión.

Como si la arqueología cupiera entera en una zanja. Como si el cepillito fuera un carné profesional. Como si pensar, analizar, investigar, reinterpretar, publicar o enseñar no formara parte del oficio.

Cansa. Cansa mucho.

Porque detrás de esa frase hay una idea reducida, casi caricaturesca, de lo que hacemos. Y viniendo de profesionales, aún es más doloroso porque parece que no han entendido nada.

Lo cierto es que la arqueología no es solo tierra bajo las uñas: es método, es laboratorio, es archivo, es debate, es hipótesis, es revisión constante. Es construir conocimiento a partir de la cultura material, se haya excavado ayer o hace cien años.

Os cuento...

Durante muchísimo tiempo hemos reducido la figura del arqueólogo a la imagen que las pelis nos han dado: una persona con sombrero, brocha en mano, arrodillada bajo el sol, retirando cuidadosamente la tierra que cubre un mosaico. Esa escena existe, sí. Pero un arqueólogo (arqueóloga en mi caso) puede dedicarse a trabajar en muchos otros campos.

La definición de arqueología según los grandes investigadores y arqueólogos referentes es:

Gordon Childe, uno de los grandes teóricos del siglo XX, definía la disciplina como: "La arqueología es el estudio de las sociedades humanas a través de sus restos materiales".

Otro grande, Colin Renfrew, decía en su manual "Arqueología: Teorías, métodos y prácticas": "La arqueología es la disciplina que busca comprender el pasado humano mediante el estudio sistemático de los restos materiales".

Uno más, Lewis Binford, impulsor de la "Nueva Arqueología" (procesualismo), afirmó: "La arqueología es antropología o no es nada".

Y el último (aunque hay más): Ian Holder, desde la arqueología postprocesual: "La arqueología trata de interpretar el significado de la cultura material en su contexto social".

Según todas esas definiciones, un arqueólogo no es solo quien excava. Es, ante todo, quien formula preguntas sobre el pasado y busca responderlas a través de la cultura material. Y esa búsqueda no empieza ni termina en una excavación del suelo.

Obviamente, excavar es una herramienta. Imprescindible, fundamental y apasionante, incluso irrepetible porque cada excavación destruye el contexto que documenta, pero una herramienta al fin y al cabo. La arqueología es método, análisis, interpretación. Es laboratorio, archivo, biblioteca, museo, paisaje y tecnología. Es microscopio y satélite.

¿Acaso no hace arqueología quien estudia miles de fragmentos cerámicos procedentes de antiguas campañas para reconstruir redes comerciales? ¿No es arqueólogo quien analiza restos óseos para comprender la alimentación, las enfermedades o la violencia en una comunidad antigua? ¿No lo es quien trabaja con fotografías aéreas, con sistemas de información geográfica, con prospecciones geofísicas que permiten “ver” bajo tierra sin mover un solo gramo de suelo?

La arqueología contemporánea dialoga con la química, la física, la biología, la geología y la informática. Un análisis de isótopos puede revelar migraciones. Un estudio de pólenes puede reconstruir paisajes desaparecidos. Una revisión crítica de viejas memorias de excavación puede cambiar por completo la interpretación de un yacimiento. Nada de eso requiere empuñar una azada, pero todo ello es arqueología en estado puro.

También es arqueólogo quien reflexiona sobre los procesos de formación de los depósitos, quien revisa colecciones olvidadas en un almacén, quien reinterpreta materiales excavados hace un siglo. Porque la excavación no es el final del camino: es apenas el comienzo de un larguísimo proceso intelectual.

Reducir la arqueología a la excavación es como decir que un historiador solo es quien encuentra documentos en un archivo, o que un médico solo es quien opera. Es confundir una fase del trabajo con la profesión entera.

Y hay algo más importante todavía: no todo el pasado está bajo tierra esperando ser excavado. Parte de él está ya excavado y necesita ser comprendido. Parte está en pie, en paisajes, en arquitectura, en objetos conservados. Parte está en los silencios de lo que no se encontró. Y ahí también trabaja el arqueólogo.

Defender que arqueólogo no es solo quien excava no es minusvalorar la excavación. Es, precisamente, dignificar la disciplina. Es recordar que la arqueología no es un espectáculo de tierra y pincelito, sino una ciencia histórica compleja, crítica y profundamente interdisciplinar.

Ser arqueólogo es mirar un fragmento y ver un sistema. Es mirar una estratigrafía y leer una historia. Es formular hipótesis, contrastarlas, revisarlas, discutirlas. Es aceptar que el conocimiento del pasado se construye colectivamente y a lo largo del tiempo.

Excavar es emocionante. Pero pensar, interpretar y comprender lo excavado es lo que convierte la tierra removida en historia.

Y esa tarea no se hace solo en la excavación. Se hace allí donde haya una pregunta honesta sobre el pasado y una metodología rigurosa para responderla.

Así que sí, no excavo desde hace tiempo.
Y sí, sigo siendo arqueóloga.

22 feb 2026

¿Las Humanidades usan método científico… o es que queremos parecernos a “los de ciencias”?






Hay una frase que escucho con cierta frecuencia. La semana pasada ocurrió una vez más: "Las humanidades no son ciencia".

Suele aparecer cuando hablamos de Historia, de Filosofía, de Filología o de Historia del Arte (al menos estas son las disciplinas que conozco). Como si la ciencia fuera un territorio exclusivo de las batas blancas y los tubos de ensayo. O como si solo si se utilizan números (estadística, por ejemplo) hay un método científico.

Pero la ciencia no se define por su escenografía ni por el uso de las matemáticas. Y tampoco lo que convierte algo en ciencia no es el objeto de estudio, sino el modo de aproximarse a él. Es el método.

Y el método científico se basa simplemente en formular preguntas bien delimitadas, reunir evidencias, construir hipótesis que expliquen esas evidencias, contrastarlas, someterlas a la crítica de la comunidad académica y revisarlas si los datos obligan a hacerlo.

Eso es exactamente lo que hacemos en Humanidades.

Cuando trabajamos con inscripciones antiguas, no “interpretamos libremente”: analizamos soportes, contextos arqueológicos, paralelos textuales, cronologías. Cuando estudiamos un edificio romano, no opinamos sobre si “nos parece bonito”: examinamos técnicas constructivas, fases de obra, fuentes literarias, transformaciones históricas. Cuando discutimos una corriente filosófica, lo hacemos a partir de textos, tradiciones manuscritas, marcos conceptuales y debates previos.

¿Hay interpretación? Por supuesto. Como la hay en física teórica cuando se construyen modelos para explicar datos que no se ven directamente.

Lo que ocurre es que en Humanidades el objeto de estudio es el ser humano en el tiempo: su pensamiento, sus creencias, sus sistemas simbólicos, su cultura material. Y eso incomoda a veces, porque no siempre produce resultados cuantificables en una gráfica. Pero el rigor no se mide en números.

Pondré algunos ejemplos, solo de las disciplinas que conozco y más cercanas a la historia.

Comencemos por la historia, por supuesto. Cuando los historiadores estudiamos la caída de la República romana, no estamos simplemente “contando cómo terminó todo”. Estamos intentando explicar un proceso complejo.

Y explicar implica formular hipótesis. Y las hipótesis se utilizan para dar respuestas a preguntas que se contrastan con evidencias. Con las fuentes literarias, pero también con la epigrafía, la numismática, la arqueología, etc. Cada tipo de fuente aporta un punto de vista distinto; la suma nos da un resultado que es una hipótesis (una respuesta que puede o no ser cierta). El trabajo consiste precisamente en cruzarlas, tensionarlas, hacerlas dialogar.

Y, como en cualquier disciplina científica, las conclusiones son provisionales. Si aparece una nueva inscripción, si una excavación modifica la cronología aceptada, si una reinterpretación documental está sólidamente argumentada, las hipótesis deben revisarse. Quién no lo hace no es un buen científico, falsea la historia.

Se trata, sencillamente, de aplicar el mismo principio que rige en cualquier otra ciencia: nuestras explicaciones valen mientras resistan la crítica y las pruebas disponibles. Cuando dejan de hacerlo, se cambian.

¿Qué ocurre con la filología?

La filología trabaja con datos. Y los datos, en este campo, se llaman variantes textuales.

Si diez manuscritos transmiten una lectura y dos ofrecen otra, no estamos ante una cuestión de gusto: estamos ante un hecho verificable. A partir de ahí empieza el análisis. ¿Comparten esos diez manuscritos errores comunes? ¿Proceden de un mismo modelo perdido? ¿Son independientes entre sí o copias de una copia?

El método científico en filología recoge los datos, propone un stemma, comprueba si funciona y revisa si aparecen nuevos testimonios o si el análisis revela inconsistencias.

Lo mismo sucede en lingüística histórica. Cuando se formularon las leyes fonéticas regulares, se estaban detectando regularidades. Estructuras. Patrones predecibles.

También la Historia del arte

Y algo muy parecido ocurre en Historia del Arte. Cuando se atribuye una obra a un taller o a un artista concreto, no se hace porque “lo parezca”. Se analizan la composición, la técnica, los pigmentos, la preparación del soporte, la iconografía, la documentación archivística, las comparaciones estilísticas con obras seguras.

Como resultado, se lanza una hipótesis y, como siempre, esta debe sostenerse con evidencias, con pruebas técnicas y documentos. Si un análisis técnico detecta un pigmento cuya fabricación comenzó después de la muerte del supuesto autor, la atribución se viene abajo. No por orgullo herido, sino porque los datos la contradicen.

Y la filosofía, ¿es una ciencia?

Una tesis filosófica debe explicitar premisas, evitar contradicciones, sostener inferencias válidas y resistir objeciones públicas.

Como ciencia que es, una tesis filosófica puede ser refutada si sus premisas son inconsistentes o si se deriva una contradicción.

Resumiendo: en Humanidades también hay método científico, puesto que formulamos hipótesis, analizamos evidencias, construimos modelos explicativos, aceptamos revisión pública. Todas estas premisas son el núcleo del método. Así que Historia, Filología, Historia del Arte y Filosofía: trabajan con evidencias, formulan hipótesis, aplican procedimientos sistemáticos, se someten a revisión académica, aceptan refutación.

Como científicos que somos, nos sentimos responsables. Y nuestro trabajo tiene un método. Todo ello se traduce en una palabra que para nosotros es ley: RIGOR.


26 ene 2026

La alimentación (de un gladiador) en la antigua Roma




Tras la publicación de un REEL en Instagram por parte de Cinturón Blanco sobre la alimentación de los gladiadores, se ha desatado el infierno entre los comentarios.  Parece que todo el mundo sabe sobre alimentación, pero muy pocos saben sobre lo que comían los romanos (¡¡¡cuánto daño han hecho las películas!!!). 

Cuando pensamos en la antigua Roma, nuestra imaginación a menudo se llena de banquetes fastuosos, montañas de fruta, carne exótica y vino fino. Sin embargo, la realidad diaria de un romano normal, el plebeius, era mucho más sencilla y modesta. La alimentación de la mayoría de la población reflejaba su economía, su acceso a los mercados y, por supuesto, la disponibilidad estacional de alimentos.

El alimento básico era el pan y otros productos de cereales, como la puls, una especie de gachas de trigo o cebada. Estos cereales constituían la mayor parte de las calorías diarias y eran la base de todas las comidas. Los romanos los cocinaban de formas sencillas: hervidos, en forma de papillas, o como pan rústico. Convertir ese trigo en pan era algo muy caro y no estaba al alcance de todo el mundo: había que molerlo (esto se pagaba) y hornearlo (esto también) así que si no tenías dinero, comías el cereal en forma de esa papilla que visualmente no era muy apetitosa, pero al menos echaba algo al estómago.

Las legumbres como las lentejas, los garbanzos o los guisantes eran comunes y muy apreciadas, pues aportaban proteínas y saciedad a bajo coste. Las verduras de temporada (col, nabo, zanahoria, cebolla, ajo) completaban la dieta, y a veces se acompañaban con hierbas aromáticas o un chorrito de aceite de oliva para dar sabor.

Frutas como higos, manzanas, peras o uvas se consumían frescas o secas, según la temporada. Los frutos secos (almendras, nueces) servían como aperitivo o complemento energético. Las frutas también podían fermentarse para hacer vinagre o vinos de baja calidad que se mezclaban con agua para beber.

Para el romano común, la carne era un lujo. Se consumía ocasionalmente, y más frecuente era el pescado (fresco o salado) y los huevos. Los productos lácteos como el queso eran habituales y servían como fuente de proteínas. Las legumbres a menudo sustituían la carne en las comidas del día a día.

El garum, una salsa de pescado fermentado, era el condimento estrella, aportando sabor a casi todos los platos. El vino estaba presente en casi todas las comidas, pero se solía diluir con agua y, para los más pobres, podía ser de baja calidad. El agua era la bebida principal del día.

Un romano plebeyo de clase media podía desayunar un poco de pan con queso o aceitunas; comer gachas de trigo con legumbres o verduras al mediodía; y cenar una mezcla similar, quizá con un huevo o pescado, acompañada de pan y un poco de vino diluido. La gente más pobre se conformaría con una comida al día y de los productos más baratos: cereal y legumbres. Y cuando nos referimos a gente pobre no lo hacemos en referencia los esclavos porque su alimentación dependía del bolsillo de sus propietarios, de ahí el siguiente estudio (aquí):




Teniendo en cuenta esto, no nos tiene que parecer tan extraño que un gladiador fuese alimentado a base de gachas únicamente.  Y que conseguir 6000 calorías diarias no es tan complicado si tenemos en cuenta que:

100 g de harina (sin hornear) son 360 calorías.
100 g de legumbres secas son 350 calorías.

Así que para ingerir 6000 calorías diarias es necesario tomar:

700 g de harina + 1 kg de legumbres secas

Dividido entre tres comidas:

233 g de harina y 333 g de legumbres, por comida diaria.

No lo veo nada descabellado si tenemos en cuenta que las calorías de algunos platos tradicionales de la cocina española de esos que llamamos de cuchara son: de un plato de fabada "normal" ya ronda las 1.100 kcal., uno de cocido son 1200kcal, unas migas son 1080 kcal. y unas gachas castellanas llamadas de pastor son 900 kcal.

Un pastor de principios del siglo XX llegaba a ingerir diariamente un total de 4.400 kcal. diarias y un jornalero unas 4.800 kcal diarias.


Para saber más sobre alimentación romana en general:

  • Dalby, Andrew. Food in the Ancient World from A to Z. Routledge, 2003.
  • Garnsey, Peter. Food and Society in Classical Antiquity. Cambridge University Press, 1999.
  • Albala, Ken. Food in Early Modern Europe. Greenwood Press, 2003. (para comparativas históricas sobre dietas populares).
  • Grant, Michael. Roman Cookery: Ancient Recipes for Modern Kitchens. Hippocrene Books, 1995.

25 ene 2026

Cuando Roma se convierte en mito: recreación histórica, ideología y manipulación del pasado. Una reflexión.


En las últimas décadas, la recreación histórica de la antigua Roma ha experimentado un crecimiento notable. Asociaciones, festivales, desfiles y actividades didácticas han contribuido a acercar el mundo romano al gran público de una manera visual, participativa y, en muchos casos, honesta y bien documentada. Sin embargo, junto a este desarrollo positivo, se observa en algunos ámbitos concretos una deriva preocupante: la apropiación del imaginario romano por discursos vinculados a la extrema derecha.

Este fenómeno no es nuevo ni exclusivo de la recreación histórica. Desde hace más de un siglo, determinados movimientos ideológicos han instrumentalizado la Roma antigua como símbolo de orden, fuerza, jerarquía y supuesta superioridad cultural. En la actualidad, ciertos grupos extremistas recuperan ese imaginario de forma simplificada y selectiva, exaltando la disciplina militar, la violencia ritualizada, la masculinidad agresiva o la idea de un “Occidente” homogéneo y amenazado. En ese contexto, la recreación romana puede convertirse en un vehículo visual muy potente para transmitir mensajes políticos contemporáneos bajo la apariencia de una actividad cultural neutra.

El problema no reside en la recreación en sí, ni en el interés por el ejército romano, los gladiadores o los rituales públicos. El riesgo aparece cuando se descontextualiza la historia y se presenta una Roma idealizada, desprovista de sus contradicciones, de su diversidad étnica y cultural, de sus conflictos sociales y de sus profundas desigualdades. En esos casos, la Antigüedad deja de ser objeto de estudio para convertirse en mito: un pasado imaginado que legitima valores actuales, no una realidad histórica compleja que debe ser analizada críticamente.

Además, esta deriva suele ir acompañada de un rechazo explícito o implícito al conocimiento académico. Se desacredita la investigación histórica en favor de una “tradición” reconstruida, se confunde recreación con verdad histórica y se sustituye el debate crítico por consignas identitarias. Esto empobrece enormemente la divulgación y genera un relato falso de Roma, donde no hay espacio para la esclavitud como sistema económico, para la violencia estructural, para el papel de las mujeres, para la movilidad social limitada o para la pluralidad religiosa y cultural del Imperio.

Convertir la recreación histórica en un instrumento ideológico es un error grave por varios motivos. En primer lugar, porque traiciona el rigor histórico: la Roma antigua no fue un modelo moral ni político exportable al presente, sino una sociedad profundamente distinta, con valores que no pueden trasladarse sin una reflexión crítica. En segundo lugar, porque daña la credibilidad de la recreación como herramienta educativa y divulgativa, alejándola del público y de las instituciones culturales. Y, finalmente, porque banaliza la historia, reduciéndola a un decorado estético al servicio de discursos excluyentes.

La recreación histórica tiene un enorme potencial pedagógico si se practica con responsabilidad, conocimiento y espíritu crítico. Usar la Antigüedad para justificar ideologías contemporáneas no solo distorsiona el pasado, sino que empobrece nuestro presente. Entender Roma en toda su complejidad (sin mitificaciones ni apropiaciones interesadas) es la mejor manera de aprender de ella.

30 nov 2025

No más libros mal editados


Quien me conoce y me sigue sabe que soy una lectora voraz de libros de divulgación histórica y novela que tratan de temas sobre el Mediterráneo antiguo.  Es parte de mi oficio como divulgadora científica estar al día de lo que se publica para poder dar respuestas a algunos de mis seguidores: muchos me preguntáis mi opinión sobre lecturas recomendadas, listados bibliográficos para preparar oposiciones o simplemente tenéis curiosidad sobre este o aquel libro.  

Esta entrada en el blog llevo meses madurándola. Y al final la he tenido que vomitar porque cada vez son más los libros que leo y que me decepcionan.  

Y es que no deja de doler ver cómo algunas editoriales han decidido que pueden publicar libros sin corregir, como si el lector fuese incapaz de notar la diferencia.  Abres un libro y te encuentras erratas por todas partes, frases mal hiladas, páginas que parecen escritas a toda prisa o que tienen un nivel de redacción de secundaria.  Y lo peor es esa sensación amarga de que nadie se ha molestado en revisar nada.  Que han dado por bueno un manuscrito sin el más mínimo respeto.

Y el lector calla... o, lo que es peor, aplaude un libro por su calidad cuando esta es prácticamente inexistente. 

Duele mucho.  Duele pagar lo que pagamos hoy por un libro (que no es precisamente poco) y descubrir que la editorial (y suelen ser bastante importantes, grandes y que -supuestamente- mueven mucho dinero) ha escatimado justo en lo más básico: la corrección. 

¿De verdad piensan que no nos importa? ¿Que leeremos igual aunque el texto esté lleno de fallos? Es frustrante sentir que quienes deberían cuidar la calidad del libro prefieren ahorrarse un corrector antes que ofrecer un producto digno.

Es una falta de respeto, así de simple.  Un desprecio silencioso pero evidente hacia el lector, que confía, que compra, que espera mínimos que antes eran incuestionables.  No hablamos de pequeños despistes inevitables: hablamos de libros que nadie se ha molestado en repasar.  Y ese descuido, convertido ya en costumbre en algunas editoriales, indigna y entristece a partes iguales. 

Luego nos quejamos de que la gente no sabe escribir, que sus textos son de baja calidad, pero es que leyendo es como se aprende a redactar, mejorar el estilo, incluso la ortografía... y los maestros son los libros; así serán los discípulos...

Un libro debería ser un objeto cuidado, trabajado, mimado. Y ver cómo se devalúa por pura dejadez editorial o porque prima el objetivo económico sobre el cultural duele profundamente.  

Yo estoy cansada de tener que aceptarlo como si fuese normal.

No lo es.

No debería serlo jamás.