Hay una frase que escucho con cierta frecuencia. La semana pasada ocurrió una vez más: "Las humanidades no son ciencia".
Suele aparecer cuando hablamos de Historia, de Filosofía, de Filología o de Historia del Arte (al menos estas son las disciplinas que conozco). Como si la ciencia fuera un territorio exclusivo de las batas blancas y los tubos de ensayo. O como si solo si se utilizan números (estadística, por ejemplo) hay un método científico.
Pero la ciencia no se define por su escenografía ni por el uso de las matemáticas. Y tampoco lo que convierte algo en ciencia no es el objeto de estudio, sino el modo de aproximarse a él. Es el método.
Y el método científico se basa simplemente en formular preguntas bien delimitadas, reunir evidencias, construir hipótesis que expliquen esas evidencias, contrastarlas, someterlas a la crítica de la comunidad académica y revisarlas si los datos obligan a hacerlo.
Eso es exactamente lo que hacemos en Humanidades.
Cuando trabajamos con inscripciones antiguas, no “interpretamos libremente”: analizamos soportes, contextos arqueológicos, paralelos textuales, cronologías. Cuando estudiamos un edificio romano, no opinamos sobre si “nos parece bonito”: examinamos técnicas constructivas, fases de obra, fuentes literarias, transformaciones históricas. Cuando discutimos una corriente filosófica, lo hacemos a partir de textos, tradiciones manuscritas, marcos conceptuales y debates previos.
¿Hay interpretación? Por supuesto. Como la hay en física teórica cuando se construyen modelos para explicar datos que no se ven directamente.
Lo que ocurre es que en Humanidades el objeto de estudio es el ser humano en el tiempo: su pensamiento, sus creencias, sus sistemas simbólicos, su cultura material. Y eso incomoda a veces, porque no siempre produce resultados cuantificables en una gráfica. Pero el rigor no se mide en números.
Pondré algunos ejemplos, solo de las disciplinas que conozco y más cercanas a la historia.
Comencemos por la historia, por supuesto. Cuando los historiadores estudiamos la caída de la República romana, no estamos simplemente “contando cómo terminó todo”. Estamos intentando explicar un proceso complejo.
Y explicar implica formular hipótesis. Y las hipótesis se utilizan para dar respuestas a preguntas que se contrastan con evidencias. Con las fuentes literarias, pero también con la epigrafía, la numismática, la arqueología, etc. Cada tipo de fuente aporta un punto de vista distinto; la suma nos da un resultado que es una hipótesis (una respuesta que puede o no ser cierta). El trabajo consiste precisamente en cruzarlas, tensionarlas, hacerlas dialogar.
Y, como en cualquier disciplina científica, las conclusiones son provisionales. Si aparece una nueva inscripción, si una excavación modifica la cronología aceptada, si una reinterpretación documental está sólidamente argumentada, las hipótesis deben revisarse. Quién no lo hace no es un buen científico, falsea la historia.
Se trata, sencillamente, de aplicar el mismo principio que rige en cualquier otra ciencia: nuestras explicaciones valen mientras resistan la crítica y las pruebas disponibles. Cuando dejan de hacerlo, se cambian.
¿Qué ocurre con la filología?
La filología trabaja con datos. Y los datos, en este campo, se llaman variantes textuales.
Si diez manuscritos transmiten una lectura y dos ofrecen otra, no estamos ante una cuestión de gusto: estamos ante un hecho verificable. A partir de ahí empieza el análisis. ¿Comparten esos diez manuscritos errores comunes? ¿Proceden de un mismo modelo perdido? ¿Son independientes entre sí o copias de una copia?
El método científico en filología recoge los datos, propone un stemma, comprueba si funciona y revisa si aparecen nuevos testimonios o si el análisis revela inconsistencias.
Lo mismo sucede en lingüística histórica. Cuando se formularon las leyes fonéticas regulares, se estaban detectando regularidades. Estructuras. Patrones predecibles.
También la Historia del arte
Y algo muy parecido ocurre en Historia del Arte. Cuando se atribuye una obra a un taller o a un artista concreto, no se hace porque “lo parezca”. Se analizan la composición, la técnica, los pigmentos, la preparación del soporte, la iconografía, la documentación archivística, las comparaciones estilísticas con obras seguras.
Como resultado, se lanza una hipótesis y, como siempre, esta debe sostenerse con evidencias, con pruebas técnicas y documentos. Si un análisis técnico detecta un pigmento cuya fabricación comenzó después de la muerte del supuesto autor, la atribución se viene abajo. No por orgullo herido, sino porque los datos la contradicen.
Y la filosofía, ¿es una ciencia?
Una tesis filosófica debe explicitar premisas, evitar contradicciones, sostener inferencias válidas y resistir objeciones públicas.
Como ciencia que es, una tesis filosófica puede ser refutada si sus premisas son inconsistentes o si se deriva una contradicción.
Resumiendo: en Humanidades también hay método científico, puesto que formulamos hipótesis, analizamos evidencias, construimos modelos explicativos, aceptamos revisión pública. Todas estas premisas son el núcleo del método. Así que Historia, Filología, Historia del Arte y Filosofía: trabajan con evidencias, formulan hipótesis, aplican procedimientos sistemáticos, se someten a revisión académica, aceptan refutación.
Como científicos que somos, nos sentimos responsables. Y nuestro trabajo tiene un método. Todo ello se traduce en una palabra que para nosotros es ley: RIGOR.