1 may 2026

¿Una venatrix? Claves de una lectura errónea del arte romano




En los últimos días ha circulado en prensa y redes sociales un mosaico romano interpretado como la representación de una supuesta venatrix, es decir, una mujer cazadora que participa en los espectáculos con animales del mundo romano.

Es curiosa la rapidez con la que se ha convertido de una lectura sugerente en una identificación segura. En el mundo romano, y especialmente en su arte musivo y figurativo, las categorías visuales no funcionan como lo harían hoy nuestros criterios de género o identidad individual. Lo que vemos no es un retrato “realista” en sentido moderno, sino una construcción visual dentro de códigos muy precisos.

Por eso, antes de aceptar la etiqueta de venatrix, es necesario plantear una pregunta más básica y metodológicamente previa: ¿estamos interpretando lo que realmente muestra la imagen o estamos proyectando sobre ella una categoría moderna que el arte romano no necesariamente distingue?

Uno de los argumentos más repetidos para defender la identificación de esta figura como venatrix es su aparente “feminidad” física. Sin embargo, este es precisamente el punto donde suele producirse el error interpretativo más importante: leer el cuerpo representado con categorías anatómicas modernas.

En el arte romano, especialmente en mosaicos y relieves, los rasgos que hoy podríamos calificar como “suaves” o poco marcados no son indicadores fiables de género. La representación del cuerpo masculino joven sigue convenciones muy establecidas: ausencia de barba, musculatura idealizada, a veces exagerada, y rostros estilizados.

Esto se aprecia con claridad en conjuntos musivos como los de la Villa Nennig, donde numerosos personajes masculinos presentan una morfología muy similar a la que ha generado la confusión en este caso. En la misma línea, mosaicos como los de la Villa Borghese muestran figuras masculinas en contextos de espectáculo con rostros igualmente imberbes y cuerpos estilizados, sin que ello implique en ningún caso una lectura femenina. También en el mosaico de Zliten (en este caso entre los ejecutados por los animales). Otro ejemplo, es el del mosiaco de Saarbrucken, también en Alemania. Uno más, el de Mosaico del Gladiador Lytras, Kourion, Chipre donde el árbitro tiene las mismas características: pelo largo y aspecto juvenil.  En todos los casos, estos rasgos forman parte del repertorio habitual de representación del varón joven o idealizado dentro del sistema visual romano. Igualmente, esa iconografía se repite en el medallón de bronce del museo de Colonia. Y ya en nuestra geografía tenemos el ejemplo del personaje enfrentado a un toro en el mosaico de la loba de Alcolea.


Otro mosaico, también muy polémico es el de bícromo, fue hallado en el pretorio de Roma, y actualmente se conserva en el Museo Nacional Romano en Roma. En él se ha querido ver una figura femenina, pero como podemos comprobar, estamos ante un caso similar donde las características iconográficas son las de una figura masculina.

El problema, por tanto, no está en la imagen, sino en el criterio de lectura. El arte romano no funciona como un retrato naturalista moderno, ni establece una codificación estricta del género basada en rasgos físicos como haríamos hoy. Por eso, atribuir feminidad a partir de la suavidad del rostro o la ausencia de barba es metodológicamente inestable.



Una de las razones por las que esta figura ha sido interpretada como una posible venatrix es que “parece diferente” dentro de lo que imaginamos como iconografía gladiatoria o venatoria estándar. Sin embargo, esa sensación de extrañeza no apunta necesariamente al género, sino a algo mucho más importante en el arte romano: la construcción visual del “otro”.

En la iconografía romana, ciertos rasgos no sirven para identificar mujeres u hombres, sino para marcar alteridad. Entre ellos destacan el cabello más largo o suelto, una mayor expresividad corporal y un dinamismo más acentuado en la escena. Estos elementos no son aleatorios: forman parte de un lenguaje visual muy estable que distingue entre el romano idealizado y aquello que se percibe como externo, exótico o no plenamente integrado en la norma cultural.


Este sistema se observa con claridad en programas oficiales como la Columna de Trajano, donde los pueblos dacios son representados con cabellos largos, barbas abundantes y una gestualidad más marcada que la de los soldados romanos. No se trata de un detalle realista, sino de un código visual: lo “diferente” se construye a través de rasgos corporales reconocibles y repetidos. Y vuelve a repetirse en el relieve del Ashmolean Museum, donde podemos ver la importancia que se le da a la musculatura, muy desarrollada.






Aplicado al mosaico en cuestión, esto es fundamental. Los elementos que se han leído como indicios de feminidad (cabello, cierta fluidez en el movimiento, expresividad) encajan perfectamente dentro de ese repertorio de alteridad. No estamos ante una anomalía de género, sino ante una posible estrategia de caracterización visual.




El último paso del razonamiento es quizá el más importante desde el punto de vista metodológico. En el arte romano, cuando algo se considera extraordinario, se marca de forma explícita. Roma no deja lo excepcional “en segundo plano”: lo subraya, lo aísla o lo convierte en parte del mensaje visual. Es decir, la iconografía romana tiene una fuerte tendencia a jerarquizar lo representado, diferenciando claramente entre lo normativo y lo extraordinario mediante recursos visuales reconocibles: inscripciones, posición destacada, composición diferenciada o atributos específicos. El arte romano es bastante consistente en ese sentido: cuando algo se sale de la norma, se hace visible.

Sin embargo, en el caso de este mosaico no encontramos ninguno de esos marcadores. La figura no aparece aislada, ni recibe un tratamiento compositivo especial, ni está acompañada de elementos que indiquen singularidad dentro del conjunto. Todo lo contrario: se integra plenamente en el lenguaje visual habitual de las escenas de venatio.



Este dato es decisivo porque, si realmente estuviéramos ante una representación excepcional (la representación excepcional de una mujer actuando como cazadora en la arena), esperaríamos algún tipo de énfasis iconográfico.

La ausencia de cualquier señal de excepcionalidad nos devuelve a la lectura más coherente con el sistema visual romano: no estamos ante una figura extraordinaria, sino ante un tipo funcional dentro del espectáculo.

En resumen y para terminar:

Esta persona que vemos en el mosaico no es una venatrix.

Es un venator representado dentro de un lenguaje visual que utiliza rasgos de alteridad para construir la escena, no para señalar el género.

Y quizá aquí está la clave de todo el debate: el mosaico no está “mal interpretado” porque sea ambiguo, sino porque lo estamos mirando con categorías que no le pertenecen.

8 mar 2026

Cuando la poesía se disfraza de historia: leer entre líneas sin perder el rigor



Quienes investigamos el mundo antiguo debemos ser extremadamente cuidadosos al leer una fuente griega o romana y convertir su relato en “hecho histórico”. Autores como Heródoto, Tucídides, Tito Livio o Tácito no escribían desde la neutralidad moderna: seleccionaban, interpretan y modelaban los hechos según su contexto político, sus objetivos literarios y su propia visión moral del pasado. Sus obras son testimonios valiosísimos, pero también construcciones retóricas que responden a intereses, géneros y tradiciones concretas. Por ello, el investigador debe interrogar el texto: preguntarse quién escribe, para quién, en qué momento y con qué intención; contrastarlo con otras fuentes y con la evidencia material; y distinguir cuidadosamente entre dato, interpretación y propaganda.

La prudencia debe extremarse aún más cuando trabajamos con autores satíricos, porque en ellos la exageración, la caricatura y la distorsión forman parte esencial del género literario. En las Sátiras de Juvenal, por ejemplo, la Roma imperial aparece como un escenario de corrupción desmedida, decadencia moral y vicios sin freno; pero su objetivo no es ofrecer una crónica fiel de la realidad social, sino provocar, moralizar y escandalizar al lector mediante la hipérbole y el tono indignado. Tomar literalmente sus descripciones (sobre mujeres, extranjeros, clientes, libertos o ricos) sería ignorar que la sátira romana construye tipos y no retratos sociológicos. El investigador, por tanto, debe separar la convención literaria del posible sustrato histórico y leer entre líneas, consciente de que en estos textos la deformación es deliberada y constituye, precisamente, su fuerza expresiva.

Voy a proponerte un ejercicio práctico.  Imagina que dentro de 2000 años encuentran este texto: 


Este invierno sin ti se me está haciendo eterno
Eterno como el día que te fuiste de aquí
Y le he escuchado decir en el barrio a los viejos
Que nunca ha hecho tanto frío en Madrid
Nunca ha hecho tanto frío en Madrid.

El texto estaría firmado por dos autores: Alvaro Luna y David Merino.

El historiador del futuro vería el texto y los nombres y, probablemente, investigando, llegaría a saber que se publicó a finales de 2025. Incluso podría formular la hipótesis de que se trata de una poesía de amor por el tono y el significado de sus frases, o quizá que, efectivamente, estamos ante la letra de una canción.

Si esos historiadores hicieran lo que hoy hacen algunos con determinadas fuentes, tomándolas al pie de la letra, concluirían que ese año fue el más frío que se había vivido en Madrid y así lo escribirían en un artículo científico. Otros colegas se harían eco del hallazgo y el supuesto “dato” comenzaría a circular: 2025 habría sido el invierno más frío del siglo XX y del XXI.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. El invierno de 2025 fue un invierno muy cálido, con temperaturas medias por encima de lo normal y sin olas de frío destacadas, situándose entre los más cálidos de la serie histórica desde 1961 en España y también en la región de Madrid.

El problema es que el grupo La La Love You (al que pertenece la canción citada) utiliza una afirmación climática como recurso poético: se trata, sencillamente, de una hipérbole. Una figura retórica que muchos autores antiguos también utilizaron y que hay que saber detectar en un texto.

Por eso, quien investiga no puede leer estos textos como si fueran un acta notarial. Tiene que saber distinguir qué es recurso literario y qué podría esconder un dato real, aprender a leer entre líneas y entender que, en muchos casos, la exageración no es un fallo ni una mentira, sino una herramienta artística utilizada a propósito para emocionar, impactar o llamar la atención.

En resumen, hay que tener mucho cuidado al sacar datos históricos de textos que no fueron escritos para dar información objetiva, sino para convencer, enseñar, divertir o emocionar. Un poema, una sátira, un discurso político o cualquier obra literaria puede ofrecernos pistas sobre el pasado, pero no son un registro neutral de los hechos. Si los leemos sin fijarnos en su estilo, intención y contexto, podemos confundir la ficción o la exageración con la realidad histórica.

Por eso, quien investiga debe mirar con ojo crítico: separar los datos de la interpretación y del recurso literario, y siempre contrastar lo que dice la fuente con otras evidencias y testimonios. Solo así evitamos tomar por verdad lo que es creación artística y mantenemos el rigor al acercarnos al pasado.

Y ahora la canción para que la disfrutemos:




Tal vez sea el frío o soy yo
Pero me hace bostezar
Me da por otro café
Donde solíamos quedar
Y me he acordao' de que tú
Nunca habías visto nevar
Las chicas que sois del sur huis del frío polar

Y me has dejado a mi aquí
Viendo la tele del bar
Han puesto la previsión y qué sorpresa
Merece un aumento
El hombre del tiempo
Conmigo hoy ha vuelto a acertar

Es solo un día más que te echo de menos
Es otro día gris que mе acuerdo de ti
Que los días dе sol se fueron contigo
Y con frío no se puede dormir
Este invierno sin ti se me está haciendo eterno
Eterno como el día que te fuiste de aquí
Y le he escuchado decir en el barrio a los viejos
Que nunca ha hecho tanto frío en Madrid
Nunca ha hecho tanto frío en Madrid.


Se me ha debido colar la lluvia en el corazón
Y aunque me intento abrigar
No puedo entrar en calor
Desde que no estás aquí
Todo ha cambiado a peor
Ya ni se puede salir
Que caro que está Madrid

Y es que ahora una nube gris
Me sigue allá donde voy
Tratándote de olvidar
Pero confieso
Me guardo un 'te quiero' en el chubasquero
Por si un día decides venir (venir)

Es solo un día más que te echo de menos
Es otro día gris que me acuerdo de ti
Que los días de sol se fueron contigo
Y con frío no se puede dormir
Este invierno sin ti se me está haciendo eterno
Eterno como el día que te fuiste de aquí
Y le he escuchado decir en el barrio a los viejos
Que nunca ha hecho tanto frío en Madrid



Y anuncian que va a salir
De entre mis nubes el sol
Y que ahora llega por fin la primavera
Pero le quiero pedir solo un pequeño favor
Que no se acuerde de ti
Que no se acuerde de ti
Que no se acuerde de ti
Que no se acuerde de ti
De ti, de ti

Es solo un día más que te echo de menos
Es otro día gris que me acuerdo de ti
Que los días de sol se fueron contigo
Y con frío no se puede dormir
Que este invierno sin ti se me está haciendo eterno
Eterno como el día que te fuiste de aquí
Y le he escuchado decir en el barrio a los viejos
Que nunca ha hecho tanto frío en Madrid
Nunca ha hecho tanto frío en Madrid
Nunca ha hecho tanto frío en Madrid

1 mar 2026

No excavo, pero soy arqueóloga







Hola, soy María Engracia. Soy arqueóloga. Y sí, hace mucho, muchísimo tiempo que no excavo.

No os podéis ni imaginar la cantidad de veces que he tenido que escuchar aquello de: “Ah, pero si no excavas… entonces no eres arqueóloga", y ojo, estos comentarios me los han dicho colegas de profesión.

Como si la arqueología cupiera entera en una zanja. Como si el cepillito fuera un carné profesional. Como si pensar, analizar, investigar, reinterpretar, publicar o enseñar no formara parte del oficio.

Cansa. Cansa mucho.

Porque detrás de esa frase hay una idea reducida, casi caricaturesca, de lo que hacemos. Y viniendo de profesionales, aún es más doloroso porque parece que no han entendido nada.

Lo cierto es que la arqueología no es solo tierra bajo las uñas: es método, es laboratorio, es archivo, es debate, es hipótesis, es revisión constante. Es construir conocimiento a partir de la cultura material, se haya excavado ayer o hace cien años.

Os cuento...

Durante muchísimo tiempo hemos reducido la figura del arqueólogo a la imagen que las pelis nos han dado: una persona con sombrero, brocha en mano, arrodillada bajo el sol, retirando cuidadosamente la tierra que cubre un mosaico. Esa escena existe, sí. Pero un arqueólogo (arqueóloga en mi caso) puede dedicarse a trabajar en muchos otros campos.

La definición de arqueología según los grandes investigadores y arqueólogos referentes es:

Gordon Childe, uno de los grandes teóricos del siglo XX, definía la disciplina como: "La arqueología es el estudio de las sociedades humanas a través de sus restos materiales".

Otro grande, Colin Renfrew, decía en su manual "Arqueología: Teorías, métodos y prácticas": "La arqueología es la disciplina que busca comprender el pasado humano mediante el estudio sistemático de los restos materiales".

Uno más, Lewis Binford, impulsor de la "Nueva Arqueología" (procesualismo), afirmó: "La arqueología es antropología o no es nada".

Y el último (aunque hay más): Ian Holder, desde la arqueología postprocesual: "La arqueología trata de interpretar el significado de la cultura material en su contexto social".

Según todas esas definiciones, un arqueólogo no es solo quien excava. Es, ante todo, quien formula preguntas sobre el pasado y busca responderlas a través de la cultura material. Y esa búsqueda no empieza ni termina en una excavación del suelo.

Obviamente, excavar es una herramienta. Imprescindible, fundamental y apasionante, incluso irrepetible porque cada excavación destruye el contexto que documenta, pero una herramienta al fin y al cabo. La arqueología es método, análisis, interpretación. Es laboratorio, archivo, biblioteca, museo, paisaje y tecnología. Es microscopio y satélite.

¿Acaso no hace arqueología quien estudia miles de fragmentos cerámicos procedentes de antiguas campañas para reconstruir redes comerciales? ¿No es arqueólogo quien analiza restos óseos para comprender la alimentación, las enfermedades o la violencia en una comunidad antigua? ¿No lo es quien trabaja con fotografías aéreas, con sistemas de información geográfica, con prospecciones geofísicas que permiten “ver” bajo tierra sin mover un solo gramo de suelo?

La arqueología contemporánea dialoga con la química, la física, la biología, la geología y la informática. Un análisis de isótopos puede revelar migraciones. Un estudio de pólenes puede reconstruir paisajes desaparecidos. Una revisión crítica de viejas memorias de excavación puede cambiar por completo la interpretación de un yacimiento. Nada de eso requiere empuñar una azada, pero todo ello es arqueología en estado puro.

También es arqueólogo quien reflexiona sobre los procesos de formación de los depósitos, quien revisa colecciones olvidadas en un almacén, quien reinterpreta materiales excavados hace un siglo. Porque la excavación no es el final del camino: es apenas el comienzo de un larguísimo proceso intelectual.

Reducir la arqueología a la excavación es como decir que un historiador solo es quien encuentra documentos en un archivo, o que un médico solo es quien opera. Es confundir una fase del trabajo con la profesión entera.

Y hay algo más importante todavía: no todo el pasado está bajo tierra esperando ser excavado. Parte de él está ya excavado y necesita ser comprendido. Parte está en pie, en paisajes, en arquitectura, en objetos conservados. Parte está en los silencios de lo que no se encontró. Y ahí también trabaja el arqueólogo.

Defender que arqueólogo no es solo quien excava no es minusvalorar la excavación. Es, precisamente, dignificar la disciplina. Es recordar que la arqueología no es un espectáculo de tierra y pincelito, sino una ciencia histórica compleja, crítica y profundamente interdisciplinar.

Ser arqueólogo es mirar un fragmento y ver un sistema. Es mirar una estratigrafía y leer una historia. Es formular hipótesis, contrastarlas, revisarlas, discutirlas. Es aceptar que el conocimiento del pasado se construye colectivamente y a lo largo del tiempo.

Excavar es emocionante. Pero pensar, interpretar y comprender lo excavado es lo que convierte la tierra removida en historia.

Y esa tarea no se hace solo en la excavación. Se hace allí donde haya una pregunta honesta sobre el pasado y una metodología rigurosa para responderla.

Así que sí, no excavo desde hace tiempo.
Y sí, sigo siendo arqueóloga.

22 feb 2026

¿Las Humanidades usan método científico… o es que queremos parecernos a “los de ciencias”?






Hay una frase que escucho con cierta frecuencia. La semana pasada ocurrió una vez más: "Las humanidades no son ciencia".

Suele aparecer cuando hablamos de Historia, de Filosofía, de Filología o de Historia del Arte (al menos estas son las disciplinas que conozco). Como si la ciencia fuera un territorio exclusivo de las batas blancas y los tubos de ensayo. O como si solo si se utilizan números (estadística, por ejemplo) hay un método científico.

Pero la ciencia no se define por su escenografía ni por el uso de las matemáticas. Y tampoco lo que convierte algo en ciencia no es el objeto de estudio, sino el modo de aproximarse a él. Es el método.

Y el método científico se basa simplemente en formular preguntas bien delimitadas, reunir evidencias, construir hipótesis que expliquen esas evidencias, contrastarlas, someterlas a la crítica de la comunidad académica y revisarlas si los datos obligan a hacerlo.

Eso es exactamente lo que hacemos en Humanidades.

Cuando trabajamos con inscripciones antiguas, no “interpretamos libremente”: analizamos soportes, contextos arqueológicos, paralelos textuales, cronologías. Cuando estudiamos un edificio romano, no opinamos sobre si “nos parece bonito”: examinamos técnicas constructivas, fases de obra, fuentes literarias, transformaciones históricas. Cuando discutimos una corriente filosófica, lo hacemos a partir de textos, tradiciones manuscritas, marcos conceptuales y debates previos.

¿Hay interpretación? Por supuesto. Como la hay en física teórica cuando se construyen modelos para explicar datos que no se ven directamente.

Lo que ocurre es que en Humanidades el objeto de estudio es el ser humano en el tiempo: su pensamiento, sus creencias, sus sistemas simbólicos, su cultura material. Y eso incomoda a veces, porque no siempre produce resultados cuantificables en una gráfica. Pero el rigor no se mide en números.

Pondré algunos ejemplos, solo de las disciplinas que conozco y más cercanas a la historia.

Comencemos por la historia, por supuesto. Cuando los historiadores estudiamos la caída de la República romana, no estamos simplemente “contando cómo terminó todo”. Estamos intentando explicar un proceso complejo.

Y explicar implica formular hipótesis. Y las hipótesis se utilizan para dar respuestas a preguntas que se contrastan con evidencias. Con las fuentes literarias, pero también con la epigrafía, la numismática, la arqueología, etc. Cada tipo de fuente aporta un punto de vista distinto; la suma nos da un resultado que es una hipótesis (una respuesta que puede o no ser cierta). El trabajo consiste precisamente en cruzarlas, tensionarlas, hacerlas dialogar.

Y, como en cualquier disciplina científica, las conclusiones son provisionales. Si aparece una nueva inscripción, si una excavación modifica la cronología aceptada, si una reinterpretación documental está sólidamente argumentada, las hipótesis deben revisarse. Quién no lo hace no es un buen científico, falsea la historia.

Se trata, sencillamente, de aplicar el mismo principio que rige en cualquier otra ciencia: nuestras explicaciones valen mientras resistan la crítica y las pruebas disponibles. Cuando dejan de hacerlo, se cambian.

¿Qué ocurre con la filología?

La filología trabaja con datos. Y los datos, en este campo, se llaman variantes textuales.

Si diez manuscritos transmiten una lectura y dos ofrecen otra, no estamos ante una cuestión de gusto: estamos ante un hecho verificable. A partir de ahí empieza el análisis. ¿Comparten esos diez manuscritos errores comunes? ¿Proceden de un mismo modelo perdido? ¿Son independientes entre sí o copias de una copia?

El método científico en filología recoge los datos, propone un stemma, comprueba si funciona y revisa si aparecen nuevos testimonios o si el análisis revela inconsistencias.

Lo mismo sucede en lingüística histórica. Cuando se formularon las leyes fonéticas regulares, se estaban detectando regularidades. Estructuras. Patrones predecibles.

También la Historia del arte

Y algo muy parecido ocurre en Historia del Arte. Cuando se atribuye una obra a un taller o a un artista concreto, no se hace porque “lo parezca”. Se analizan la composición, la técnica, los pigmentos, la preparación del soporte, la iconografía, la documentación archivística, las comparaciones estilísticas con obras seguras.

Como resultado, se lanza una hipótesis y, como siempre, esta debe sostenerse con evidencias, con pruebas técnicas y documentos. Si un análisis técnico detecta un pigmento cuya fabricación comenzó después de la muerte del supuesto autor, la atribución se viene abajo. No por orgullo herido, sino porque los datos la contradicen.

Y la filosofía, ¿es una ciencia?

Una tesis filosófica debe explicitar premisas, evitar contradicciones, sostener inferencias válidas y resistir objeciones públicas.

Como ciencia que es, una tesis filosófica puede ser refutada si sus premisas son inconsistentes o si se deriva una contradicción.

Resumiendo: en Humanidades también hay método científico, puesto que formulamos hipótesis, analizamos evidencias, construimos modelos explicativos, aceptamos revisión pública. Todas estas premisas son el núcleo del método. Así que Historia, Filología, Historia del Arte y Filosofía: trabajan con evidencias, formulan hipótesis, aplican procedimientos sistemáticos, se someten a revisión académica, aceptan refutación.

Como científicos que somos, nos sentimos responsables. Y nuestro trabajo tiene un método. Todo ello se traduce en una palabra que para nosotros es ley: RIGOR.


26 ene 2026

La alimentación (de un gladiador) en la antigua Roma




Tras la publicación de un REEL en Instagram por parte de Cinturón Blanco sobre la alimentación de los gladiadores, se ha desatado el infierno entre los comentarios.  Parece que todo el mundo sabe sobre alimentación, pero muy pocos saben sobre lo que comían los romanos (¡¡¡cuánto daño han hecho las películas!!!). 

Cuando pensamos en la antigua Roma, nuestra imaginación a menudo se llena de banquetes fastuosos, montañas de fruta, carne exótica y vino fino. Sin embargo, la realidad diaria de un romano normal, el plebeius, era mucho más sencilla y modesta. La alimentación de la mayoría de la población reflejaba su economía, su acceso a los mercados y, por supuesto, la disponibilidad estacional de alimentos.

El alimento básico era el pan y otros productos de cereales, como la puls, una especie de gachas de trigo o cebada. Estos cereales constituían la mayor parte de las calorías diarias y eran la base de todas las comidas. Los romanos los cocinaban de formas sencillas: hervidos, en forma de papillas, o como pan rústico. Convertir ese trigo en pan era algo muy caro y no estaba al alcance de todo el mundo: había que molerlo (esto se pagaba) y hornearlo (esto también) así que si no tenías dinero, comías el cereal en forma de esa papilla que visualmente no era muy apetitosa, pero al menos echaba algo al estómago.

Las legumbres como las lentejas, los garbanzos o los guisantes eran comunes y muy apreciadas, pues aportaban proteínas y saciedad a bajo coste. Las verduras de temporada (col, nabo, zanahoria, cebolla, ajo) completaban la dieta, y a veces se acompañaban con hierbas aromáticas o un chorrito de aceite de oliva para dar sabor.

Frutas como higos, manzanas, peras o uvas se consumían frescas o secas, según la temporada. Los frutos secos (almendras, nueces) servían como aperitivo o complemento energético. Las frutas también podían fermentarse para hacer vinagre o vinos de baja calidad que se mezclaban con agua para beber.

Para el romano común, la carne era un lujo. Se consumía ocasionalmente, y más frecuente era el pescado (fresco o salado) y los huevos. Los productos lácteos como el queso eran habituales y servían como fuente de proteínas. Las legumbres a menudo sustituían la carne en las comidas del día a día.

El garum, una salsa de pescado fermentado, era el condimento estrella, aportando sabor a casi todos los platos. El vino estaba presente en casi todas las comidas, pero se solía diluir con agua y, para los más pobres, podía ser de baja calidad. El agua era la bebida principal del día.

Un romano plebeyo de clase media podía desayunar un poco de pan con queso o aceitunas; comer gachas de trigo con legumbres o verduras al mediodía; y cenar una mezcla similar, quizá con un huevo o pescado, acompañada de pan y un poco de vino diluido. La gente más pobre se conformaría con una comida al día y de los productos más baratos: cereal y legumbres. Y cuando nos referimos a gente pobre no lo hacemos en referencia los esclavos porque su alimentación dependía del bolsillo de sus propietarios, de ahí el siguiente estudio (aquí):




Teniendo en cuenta esto, no nos tiene que parecer tan extraño que un gladiador fuese alimentado a base de gachas únicamente.  Y que conseguir 6000 calorías diarias no es tan complicado si tenemos en cuenta que:

100 g de harina (sin hornear) son 360 calorías.
100 g de legumbres secas son 350 calorías.

Así que para ingerir 6000 calorías diarias es necesario tomar:

700 g de harina + 1 kg de legumbres secas

Dividido entre tres comidas:

233 g de harina y 333 g de legumbres, por comida diaria.

No lo veo nada descabellado si tenemos en cuenta que las calorías de algunos platos tradicionales de la cocina española de esos que llamamos de cuchara son: de un plato de fabada "normal" ya ronda las 1.100 kcal., uno de cocido son 1200kcal, unas migas son 1080 kcal. y unas gachas castellanas llamadas de pastor son 900 kcal.

Un pastor de principios del siglo XX llegaba a ingerir diariamente un total de 4.400 kcal. diarias y un jornalero unas 4.800 kcal diarias.


Para saber más sobre alimentación romana en general:

  • Dalby, Andrew. Food in the Ancient World from A to Z. Routledge, 2003.
  • Garnsey, Peter. Food and Society in Classical Antiquity. Cambridge University Press, 1999.
  • Albala, Ken. Food in Early Modern Europe. Greenwood Press, 2003. (para comparativas históricas sobre dietas populares).
  • Grant, Michael. Roman Cookery: Ancient Recipes for Modern Kitchens. Hippocrene Books, 1995.