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22 feb 2026

¿Las Humanidades usan método científico… o es que queremos parecernos a “los de ciencias”?






Hay una frase que escucho con cierta frecuencia. La semana pasada ocurrió una vez más: "Las humanidades no son ciencia".

Suele aparecer cuando hablamos de Historia, de Filosofía, de Filología o de Historia del Arte (al menos estas son las disciplinas que conozco). Como si la ciencia fuera un territorio exclusivo de las batas blancas y los tubos de ensayo. O como si solo si se utilizan números (estadística, por ejemplo) hay un método científico.

Pero la ciencia no se define por su escenografía ni por el uso de las matemáticas. Y tampoco lo que convierte algo en ciencia no es el objeto de estudio, sino el modo de aproximarse a él. Es el método.

Y el método científico se basa simplemente en formular preguntas bien delimitadas, reunir evidencias, construir hipótesis que expliquen esas evidencias, contrastarlas, someterlas a la crítica de la comunidad académica y revisarlas si los datos obligan a hacerlo.

Eso es exactamente lo que hacemos en Humanidades.

Cuando trabajamos con inscripciones antiguas, no “interpretamos libremente”: analizamos soportes, contextos arqueológicos, paralelos textuales, cronologías. Cuando estudiamos un edificio romano, no opinamos sobre si “nos parece bonito”: examinamos técnicas constructivas, fases de obra, fuentes literarias, transformaciones históricas. Cuando discutimos una corriente filosófica, lo hacemos a partir de textos, tradiciones manuscritas, marcos conceptuales y debates previos.

¿Hay interpretación? Por supuesto. Como la hay en física teórica cuando se construyen modelos para explicar datos que no se ven directamente.

Lo que ocurre es que en Humanidades el objeto de estudio es el ser humano en el tiempo: su pensamiento, sus creencias, sus sistemas simbólicos, su cultura material. Y eso incomoda a veces, porque no siempre produce resultados cuantificables en una gráfica. Pero el rigor no se mide en números.

Pondré algunos ejemplos, solo de las disciplinas que conozco y más cercanas a la historia.

Comencemos por la historia, por supuesto. Cuando los historiadores estudiamos la caída de la República romana, no estamos simplemente “contando cómo terminó todo”. Estamos intentando explicar un proceso complejo.

Y explicar implica formular hipótesis. Y las hipótesis se utilizan para dar respuestas a preguntas que se contrastan con evidencias. Con las fuentes literarias, pero también con la epigrafía, la numismática, la arqueología, etc. Cada tipo de fuente aporta un punto de vista distinto; la suma nos da un resultado que es una hipótesis (una respuesta que puede o no ser cierta). El trabajo consiste precisamente en cruzarlas, tensionarlas, hacerlas dialogar.

Y, como en cualquier disciplina científica, las conclusiones son provisionales. Si aparece una nueva inscripción, si una excavación modifica la cronología aceptada, si una reinterpretación documental está sólidamente argumentada, las hipótesis deben revisarse. Quién no lo hace no es un buen científico, falsea la historia.

Se trata, sencillamente, de aplicar el mismo principio que rige en cualquier otra ciencia: nuestras explicaciones valen mientras resistan la crítica y las pruebas disponibles. Cuando dejan de hacerlo, se cambian.

¿Qué ocurre con la filología?

La filología trabaja con datos. Y los datos, en este campo, se llaman variantes textuales.

Si diez manuscritos transmiten una lectura y dos ofrecen otra, no estamos ante una cuestión de gusto: estamos ante un hecho verificable. A partir de ahí empieza el análisis. ¿Comparten esos diez manuscritos errores comunes? ¿Proceden de un mismo modelo perdido? ¿Son independientes entre sí o copias de una copia?

El método científico en filología recoge los datos, propone un stemma, comprueba si funciona y revisa si aparecen nuevos testimonios o si el análisis revela inconsistencias.

Lo mismo sucede en lingüística histórica. Cuando se formularon las leyes fonéticas regulares, se estaban detectando regularidades. Estructuras. Patrones predecibles.

También la Historia del arte

Y algo muy parecido ocurre en Historia del Arte. Cuando se atribuye una obra a un taller o a un artista concreto, no se hace porque “lo parezca”. Se analizan la composición, la técnica, los pigmentos, la preparación del soporte, la iconografía, la documentación archivística, las comparaciones estilísticas con obras seguras.

Como resultado, se lanza una hipótesis y, como siempre, esta debe sostenerse con evidencias, con pruebas técnicas y documentos. Si un análisis técnico detecta un pigmento cuya fabricación comenzó después de la muerte del supuesto autor, la atribución se viene abajo. No por orgullo herido, sino porque los datos la contradicen.

Y la filosofía, ¿es una ciencia?

Una tesis filosófica debe explicitar premisas, evitar contradicciones, sostener inferencias válidas y resistir objeciones públicas.

Como ciencia que es, una tesis filosófica puede ser refutada si sus premisas son inconsistentes o si se deriva una contradicción.

Resumiendo: en Humanidades también hay método científico, puesto que formulamos hipótesis, analizamos evidencias, construimos modelos explicativos, aceptamos revisión pública. Todas estas premisas son el núcleo del método. Así que Historia, Filología, Historia del Arte y Filosofía: trabajan con evidencias, formulan hipótesis, aplican procedimientos sistemáticos, se someten a revisión académica, aceptan refutación.

Como científicos que somos, nos sentimos responsables. Y nuestro trabajo tiene un método. Todo ello se traduce en una palabra que para nosotros es ley: RIGOR.


13 nov 2022

Vandalismo climático, enemigo y aliado del Arte.


Los amantes de los museos y del patrimonio histórico leíamos horrorizados en la prensa, hace unas semanas, sobre un visitante que derribó dos esculturas romanas en el Museo Chiaramonti al denegársele una audiencia papal.  Ha sido a partir de ese acto que han saltado a la prensa distintos actos vandálicos contra obras de arte de manos de activistas de ideología ecologista.  No hay semana que no nos sobresaltemos con una nueva noticia sobre alguien que se ha pegado a un marco de un cuadro, que ha rociado con alguna sustancia una obra de arte o que (ahora) bañan con un líquido la vitrina de un museo como es el Museo Egipcio.




El término vandalismo se origina a partir de las hordas vándalas que provenientes de territorios germanos invadieron Roma en el 455 y destruyeron numerosas obras de arte en la ciudad eterna. Vandalismo y arte son, por lo tanto, dos conceptos íntimamente relacionados históricamente. El primero en utilizar el concepto fue el obispo de Blois, Henri Grégoire, en 1794 para describir la destrucción de obras de arte durante la Revolución francesa.





Lo que está ocurriendo desde hace unas semanas no han sido sucesos de excepción. En la historia actual de los museos ha habido muchos actos más, a cuál más incauto, todos ellos han destrozado total o parcialmente obras de arte, es decir, -y me parece muy importante incidir en ello- patrimonio que nos pertenece a todos.

Haciendo solo un poco de memoria podemos recordar lo que ocurrió en la isla de los museos de Berlín, en 2020, cuando se dañaron 70 obras el Día de la Unidad Alemana. Pero es que hace tan solo unos meses otro acto atentaba contra la Gioconda en el Louvre. Actos de locura que no tienen explicación, aunque psicólogos, psiquiatras, analistas diversos, historiadores del arte o museólogos intentan encontrar respuestas y soluciones para poder llevar a cabo una buena prevención.



Cierto número de piezas emblemáticas han sufrido destrucciones (o intentos) a lo largo de la historia actual de los museos. En arte antiguo tenemos el caso del Vaso Portland que, en 1845, un joven estudiante, William Lloyd, que sufría una paranoia aguda debido a una semana de borrachera, cogió una piedra de la misma sala y rompió la vitrina y el jarrón, quedando hecho añicos. A William lo detuvieron y fue llevado a juicio. La pieza fue restaurada y hoy puede disfrutarse en el British Museum de Londres; o el aún más famoso caso del Vaso François que, en 1900, fue roto en 638 pedazos por un vigilante, al lanzar un taburete de madera contra la vitrina donde estaba expuesto. Hoy, tanto vaso como taburete, se pueden ver en la misma sala del Museo Arqueológico de Florencia.



Los daños que la obra de arte puede sufrir son muy variados, desde un pequeño rasguño, un chicle pegado, una marca de lápiz, barra de labios, o cualquier otra idea creativa, y que no saltan a la prensa; hasta otros actos mucho más importantes y realizados con premeditación, puesto que la herramienta de destrucción (un cuchillo, pintura, ácido o martillo) tuvo que ser introducida en el museo con una cierta planificación. Por suerte, gracias a la labor de los técnicos y especialistas, las obras de arte son restauradas, aunque fueron operaciones costosas, tanto en dinero como en tiempo.

Ningún museo se libra al vandalismo en sus obras: el Hermitage, la National Galery, el Stedelijk o incluso la basílica de San Pedro del Vaticano, entre muchos, ha sufrido esta clase de agresiones, que recuerdo no son actos contra instituciones, sino contra el patrimonio que es de todos. La Mona Lisa de Leonardo da Vinci, la Ronda Nocturna de Rembrandt y la sirenita que podemos ver en el puerto de Copenhague, son las obras que más atentados han sufrido.



Otro ejemplo, en 1974, Thomas Shafrazi grafiteó en El Guernica de Picasso mientras estaba expuesto en Nueva York, las palabras “matar mentiras todas” con pintura en aerosol rojo. El temerario vándalo fue detenido mientras gritaba “soy un artista”, una situación que podríamos calificar como de muy neroniana. Esta vez hubo suerte, la pintura utilizada era prácticamente inocua y los técnicos del museo actuaron con gran celeridad para minimizar daños.



En el pasado, algunos actos vandálicos fueron realizados con objetivos políticos o simplemente por salir en la prensa, muchos de ellos han sido ejecutados por personas diagnosticadas con un trastorno mental, por lo tanto, no eran conscientes de lo que estaban haciendo, pero lo que está ocurriendo en las últimas semanas es algo muy diferente. Lo llaman “vandalismo climático” y es que una ola de acciones contra obras de arte en museos emblemáticos está asolando los museos: Picasso, Van Gogh, Monet... Se ha pasado, como del día a la noche, de la protesta en las calles al vandalismo activista contra el patrimonio. Acciones que para nada están justificadas, pero que provocan lo que buscan: llamar la atención, salir en la prensa, tener repercusión en las redes sociales y estar en boca de todos. Que pongamos el grito en el cielo, nos hagamos los ofendidos y que publiquemos una y otra vez la noticia es el objetivo.




Pero de lo que no somos conscientes es de que las actividades de estos activistas están generando un apasionamiento de la sociedad por las obras de arte, cosa que antes no ocurría y la gente se está revolviendo a favor del patrimonio. Mientras los activistas están perdiendo en la competición por generar una opinión pública que rechace aquellas acciones que atentan contra el cambio climático y la ecología en general, está ganando puntos, a gran velocidad, la cultura, de la que mucha gente nunca se había preocupado y que ahora se posiciona en su defensa.



Por supuesto, no excuso bajo ningún concepto estas actividades delictivas y bárbaras. Y aunque las obras de arte no sufren ningún desperfecto por estos actos, son horribles y deben terminar lo antes posible, antes de que alguna obra sufra un daño irreversible. Pero, si somos pragmáticos y analizamos la repercusión que tiene en la calle, nos daremos cuenta de que es muy probable que los museos y que los objetos históricos salgan muy bien parados de estos episodios.  


Ya sabemos que es complicado que el ser humano se revuelva en su cómoda silla, pero esta vez, parece que la sociedad (o al menos gran parte de ella) comienza a tomar conciencia de lo que es el Arte y los Museos, aunque sea de esta manera.  Hoy (aunque sabemos que tan pronto como pase esta ola de atentados, la gente olvidará), las obras de arte y los museos están en la boca de todos y son noticia, más que las reivindicaciones ecologistas

Puede que nunca el arte haya estado en boca de todos como lo está siendo estos meses y que tenga tantos defensores, ¿estaremos consiguiendo que por fin la gente valore el Arte y, por ende, el patrimonio?

30 jun 2018

¿Surrealismo, metafísica y minimalismo en una película de Romanos.? El Cáliz de Plata (1954).

Anoche, animados por un amigo, vimos "una de romanos": El Cáliz de Plata (1954).



Se trata de un curioso film que en su época fue tildada de "bodrio", digo curioso porque es digno de verse por la interpretación de Paul Newman y Natalie Wood.  Sí, lo se, también aparece Virginia Mayo, pero es que Natalie debería tener un merecido espacio en el cartel, que es una de las protagonistas de la historia.

Si te vas a animar a ver la película te aviso: no es un peplum al uso y probablemnete cuando termines de verla pienses "¡vaya mierda!" o si eres un poco más sutil la taches de "infame". No esperes grandes decorados, ni despilfarro de dinero, ni trajes de ensueño... no, no es ese tipo de film. Esta película se sale de la norma y al ojo de un romanófilo puede resultar incluso extraña y excéntrica. Dice Martin Scorsese: "El cáliz de plata, que es una mala película, no es en absoluto realista. Es puro teatro, yeso se debe sobre todo a los decorados. Son claros y límpidos; se trata casi de otra vida, de otro mundo. No sabemos qué aspecto tenía la Roma antigua, así que, por qué no hacer como Fellini en el Satyricon: ciencia–ficción en el pasado." Con estos comentarios no quiero desanimarte a verla, solo avisarte de que tienes que hacerlo con la mente abierta.

El argumento: Un artesano griego de Antioquía tiene el encargo de realizar un decoración en plata para el cáliz de Cristo, así que esculpe las caras de los discípulos y del propio Jesús. Viaja a Jerusalén y finalmente a Roma para completar la tarea. Mientras tanto, compitiendo por la popularidad que Jesus tiene, un mago intenta convencer a las multitudes de que él es el nuevo Mesías usando trucos de salón baratos. La historia transcurre, por lo tanto, entre Antioquía, Jerusalén, pero casi la mitad en Roma, en la corte del emperador Nerón. Por cierto,  parte de la historia recuerda lejanamente a la biografía de Ben-Hur.



Pero a mi uno de los aspectos que más me ha llamado la atención son los decorados y ese es el motivo de esta entrada en el blog.

La gran mayoría de ellos son de interior y en más de un blog y web se refieren a ellos como "de cartón piedra" y ya has visto lo que dice sobre ellos Escorsese.  Se los debemos a Boris Leven, pero que a mi me recuerdan muchísimo a los cuadros del artista Giorgio de Chirico.

Aquí os dejo algunos pantallazos de escenas de la película:






Y aquí algunas obras de G. Chrico:

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A mi me parece interesante ese posible influencia de Chirico en Leven: Surrealismo, metafísica y minimalismo en una película de Romanos.

¿A qué ahora la vas a ver de otra forma?





20 ene 2017

Por una buena causa... ¡¡y es gratis!! Participa

¿Eres arqueóloga, historiadora o historiadora del Arte?

Te invitamos a participar en el "Día internacional de la mujer y la niña en la Ciencia". Escribe un artículo, una reseña, un artículo de opinión o sobre alguna mujer que participase en la Historia y envíanoslo al blog (email dentro). Participa en el #diamujeryciencia #científicas11F

¡¡Estás invitada a participar!! ¡¡Hagámonos visibles!! Las mujeres también somos científicas y tenemos una responsabilidad para con las niñas que quieren serlo también.

31 jul 2016

El rapto de Proserpina desde tres puntos de vista

 "El rapto de Perséfone" de Bernini (1621-1622), mármol, Galería Borghese (Roma)
 
La hija de Ceres, la triforme Diosa,
Cogiendo flores con su mano bella.
Menos hermosas que ella,
Cuando a la noche eterna del profundo
Tártaro la llevó el enamorado
Plutón, y su afligida madre el mundo
Para hallarla corrió de uno a otro lado,
No era tan verde, rica y deliciosa,
Como aquella morada venturosa.
 
Milton "el paraíso perdido" libro VI
 
"El rapto de Proserpina", Rubens (1636-1637), Museo del Prado

26 feb 2016

El rapto de las Sabinas de Picasso.

Isabel Barceló, en su conferencia del miércoles pasado titulada "Tras las huellas de Rómulo y Remo, la leyenda de la fundación de Roma y sus vestigios en la ciudad actual" que impartió en el Museo L'Iber de Valencia, me descubrió esta obra que Picasso pintó entre 24 de octubre de 1962 y el 7 de febrero de 1963: "El rapto de las Sabinas".




Se trata de una interesante interpretación del cuadro, con el mísmo título, que pintó Poussin en 1638:


Jacques-Louis David, pinta en 1799, el episodio posterior al rapto. Cuando los Sabinos acuden a Roma para salvar a sus hijas. Estas se interponen entre sus padres y sus maridos con sus hijos. Ni querían quedarse huérfanas ni viudas. Así que obligan a ambos bandos a deponer las armas:

Picasso realizó una serie de cuadros y dibujos, entre el 24 de octubre de 1962 y el 7 de febrero de 1963, que recreaban la leyenda romana.

La causa de la realización de este cuadro fue el rechazo del pintor a la guerra. 

A finales de 1962 había estallado la crisis de los misiles en Cuba y comenzaba el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con importantes consecuencias psicológicas en la población mundial. 

Fue un momento álgido durante el conflicto denominado la Guerra Fría. Rusia había instalado en la isla caribeña una serie de misiles nucleares soviéticos que apuntaban directamente a territorio norteamericano; crisis que duró aproximadamente cinco días, entre el 22 de octubre, cuando el presidente Kennedy se dirigió al país, y el 27 de ese mismo mes, cuando se desactivó la crisis al proponer el premier ruso Kruschov el desmantelamiento de las bases de misiles nucleares instaladas en la isla. 


El miedo al conflicto bélico, y a la catástrofe nuclear en que podía acabar esta guerra, fue lo que llevó a Picasso a pintar esta obra que refleja todo el miedo y la desesperación del autor y de la sociedad contemporánea.

19 ene 2014

La Virgen del rosal






Datado en 1473 y realizado por el pintor gótico por Martin Schongauer, con técnica mixta sobre tabla, mide 200x115cm.  Hoy se puede disfrutar en la iglesia de los Agustinos de Colmar (Francia).  

La parte superior está redondeada, el marco es neogótico, realizado por el artista Théophile Klem en 1900, y las alas laterales fueron realizadas por Martin von Feuerstein.

Representación de la Virgen y el Niño, sentados en un banco sobre un césped en un jardín cerrado, siguiendo la tradición que data, por lo menos, de principios del siglo XV. 

En la obra se ilustra la humildad y la pureza de la Virgen, además del fuerte vínculo maternal entre María y el Niño Jesús, mientras que también presagia el destino trágico.  El drama de la Pasión es representado  por el color rojo de la túnica y el manto de la Virgen y por las rosas, las fresas rojas y la presencia del jilguero.



Este pajarillo se alimenta de semillas de cardo, tiene marcado el cuello con una mancha roja, se trata del símbolo del trágico fin de Cristo.  La Virgen aparece resignada ante el futuro que le espera a su hijo, y sus gestos se llenan de ternura mientras acuna a su hijo.  Ambas figuras miran hacia lugres opuestos.



Destacan la cuidada representación de las flores, hojas y aves, lo que demuestra un excelente conocimiento de la naturaleza y los preciosos pliegues del vestido de la Virgen y su expresión facial.



El tamaño original de la obra era mucho mayor y tenía forma rectangular, se estima que debía medir 250x165 cm.  En esta antigua versión la Virgen estaba sentada, con Dios Padre en el cielo bendiciéndola y un jardín, y no tenía este aspecto monumental que hoy podemos ver en la obra.